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Brahim Zamora

Pensar el cuerpo

Siento el sur, como tu cuerpo en la intimidad... dice el tango

Publicado: 11 de Agosto 2016 en Bienestar y Salud
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Pensar el cuerpo. Pensar en el cuerpo.

Ahora que los Juegos Olímpicos transcurren, es inevitable volver a la reflexión. Las notas de la prensa frívola y de las webs que sólo buscan likes se llenan de los “mejores” cuerpos, los cuerpos “más sexys” o los altos contrastes entre cuerpos dedicados a una disciplina o a otra.

No puedo dejar pasar el caso de Alexa Moreno, la gimnasta mexicana víctima de un alud de críticas y burlas por su corporalidad.

El cuerpo. Ese territorio en el que nos toca vivir y donde todo el poder cruza, que se regula, que se manipula, que se rompe y donde, al final, ocurre la vida.

El cuerpo es también una idea poderosa, porque es ahí donde la rebeldía ocurre o donde la diversidad florece, a pesar de todo.

El burdo machismo con el que los tabloides deportivos han tratado el cuerpo de los, pero sobre todo, de las atletas, peca de anacrónico y ofensivo: no es un asunto de corrección política, es un asunto de hartazgo ético frente a la aburrida hegemonía de lo que se espera de los cuerpos sexuados de las personas.

A las mujeres atletas se les trata como esposas de alguien, como objetos corporeizados (o como cuerpos cosificados), donde importa la belleza, el sex appeal o la sensualidad que desprenden cuando practican su disciplina. Pero también viene el maltrato centrado en el físico cuando el cuerpo no responde a “lo que debiera ser” el de una gimnasta, por ejemplo.

De los hombres se habla de la corporeidad en otro código, no se menciona a sus esposas (o esposos), su sensualidad se deja en las llamadas revistas del corazón, pero no en los noticieros deportivos. Sus méritos no están contenidos sólo en su aspecto o son a pesar del mismo.

Y no hay que confundir, ésta no es una arenga contra la sensualidad, es una arenga contra la triste uniformidad que se le exige a cualquiera que se atreva a usar su cuerpo como centro de su trabajo, o de su gozo.

Pienso ahora en la propia relación con mi cuerpo. No siempre ha sido feliz. Soy un hombre gordo, no gordito, no chubby, no robusto, no repuestito. Soy gordo, tengo un cuerpo pasado de peso porque mi metabolismo es muy lento y porque me encanta comer.

Eso me ha pesado o lo he aceptado en diferentes momentos de mi vida. Sin embargo quiero detenerme en algo que tal vez a muchas personas obesas les pasa: dejamos de lado nuestros cuerpos para centrarnos en cosas “verdaderamente importantes”, como el desarrollo intelectual y entonces ocurre una desgracia: descuidamos la casa.

Los griegos clásicos tenían un concepto muy interesante para hablar de estas cosas desde la cultura: la temperanza, que no es más que la práctica que equilibra placeres con deberes, una persona temperante para ellos, era quien participaba activamente como ciudadano, cultivaba su cuerpo con ejercicio y placeres, y también desarrollaba disciplinas intelectuales.

Nuestra cultura que no es vivificante y hedonista como la griega, sino mortificante y culposa, interpreta el placer, el que sea, como un exceso y éstos son los que impactan en nuestro cuerpo y, eventualmente, en nuestra salud.

Demasiada azúcar, demasiados carbohidratos, demasiado alcohol, tabaco, drogas duras, demasiado ejercicio, demasiados esteroides, demasiada comida, combos ultragigantes de cosas que se comen pero que no alimentan... no como una experiencia temperante, sino más bien como un desahogo del estrés que nos generan las exigencias capitalistas de nuestra cultura, que obviamente impactan de modo diferenciado en mujeres y hombres.

Y descuidamos la casa, cometemos excesos y el cuerpo se truena, se va quebrando. En mi caso, es diabetes. En otros es anorexia, vigorexia, bulimia, depresión...

Desde hace casi dos años bailo. Bailo tango, pero eso me ha acercado a la danza contemporánea en las últimas semanas y a entender mis límites y necesidades corporales: poner atención a un territorio que descuidé por casi 20 años.

El tango me ha acercado a entender la enorme diversidad corporal que nos rodea, he bailado maravillosamente con señoras de 80 años y con chicas de 15, con hombres y mujeres más altos, más bajos, más gordos, delgadísimos... es una danza absolutamente democrática, si a esas vamos.

¿Recomiendo bailar? Todo el tiempo, la danza nos pone en contacto con la tierra, con los elementos que viven en nuestros cuerpos, con el fuego del corazón y la sangre, con el aire que llena los pulmones y nos oxigena las ideas, con la tierra de los huesos que se plantan, que se van moviendo, recuperando flexibilidad con los músculos, con el agua que sudamos. Todo eso puede ocurrir con la pieza precisa, que puede durar tres minutos. Y eso es vivificante.

Si quieres darte el placer, ve los jueves a Mande Facundo en La Paz donde se baila tango por las noches, recomiendo que cenes un sándwich de lomito o compartas una pizza con un vino, mientras ves bailar o te animas a hacerlo. Tenlo por seguro, nadie te va a juzgar y todos te ayudarán a mejorar tu tango.

Vivir mi propio ser intelectual a través del cuerpo, ahora, me está poniendo en perspectiva. Soy un gordo que baila, no muy bien, pero sí muy contento. Y que no busca agradar la vista de nadie por lo pronto, sino la propia frente al espejo. Este soy, este es mi cuerpo y a través de él vivo y gozo. Detenerme en ello me ayuda a admirar las proezas de las y los atletas y entender el enorme esfuerzo, la profunda disciplina y el gran amor a su práctica deportiva y ver sus cuerpos más allá de lo que el sistema y sus medios me quieren obligar a ver, sino observar una diversidad de personas, de corporalidades, dando de sí aquello que les inflama el corazón.

Lo importante, pienso, es reconocer los límites corporales de cada cual y mandar al carajo los límites sociales que se imponen a nuestros cuerpos. Un día quiero bailar como Aoniken Quiroga, por ejemplo, y en eso estoy, no a pesar de mi cuerpo, sino reconociéndolo, yendo de la mano de él.

Brahim Zamora Salazar trabaja en el Odesyr y baila tango cada vez que puede. 
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